2 de noviembre de 2011

La inflación y la restricción interna

Hay un problema que, para muchas economías latinoamericanas, ha resurgido como una de las causas que impiden y truncan su desarrollo industrial. Ya no es más la restricción externa la verdadera causa de que existan sectores estrangulados en la economía latinoamericana y más precisamente Argentina, aquella que nacía directamente de su incapacidad de obtener excedentes de divisas, sino que el impedimento que obliga a tener niveles constantes de inflación en aumento y que a la larga estanca a la economía, surge dentro mismo de la estructura productiva de la región. Llamamos a eso restricción interna y lo compararemos con la externa, tratando luego de esbozar algunas salidas posibles y un futuro indeterminado pero imaginable para la coyuntura político-económica actual.

Primero, ¿Qué es la restricción externa? A grandes rasgos, se trata de una problemática que surgió a partir del desarrollismo iniciado entre los años ’50-’70, que culmina con la noción de “progreso” relacionada a la inserción en un comercio internacional sin barreras propuesta por Martínez de Hoz. El desarrollismo plantea que el intercambio en términos de centro-periferia contribuye al distanciamiento y al aumento de la brecha diferencial entre países desarrollados y subdesarrollados; bajo relaciones de comercio librecambistas con países agroexportadores y otros industriales, el subdesarrollo de la periferia es consecuencia del desarrollo del centro. Entonces, gobiernos motivados por esta concepción impulsaron procesos de industrialización creciente en la región, pero empezaron a encontrarse con el problema que exponemos. Para industrializar el país era necesario obtener maquinarias e insumos industriales que solo se producían en las potencias centrales desarrolladas, dígase EE.UU. y Europa en general. Para comerciar con el resto del mundo se necesitaba obtener divisas en términos comerciales (al igual que hoy en día), es decir sostener un determinado superávit comercial (balance favorable a la Argentina en la balanza comercial, saldo entre importaciones y exportaciones) que permita sustentar los ingresos de los insumos necesarios para la industrialización. Pero ello no se dio, el superávit comercial pocas veces se sostuvo. La salida a esto fue atraer la inversión de capitales extranjeros y endeudarse para sostener el proceso. De esta forma se empezó a armar la bola de nieve que fue creciendo y que hoy conocemos como deuda externa. La incapacidad de la Argentina para obtener divisas contribuyó a un proceso de industrialización más lento, que fue borrado de la agenda política por las dictaduras de turno y luego de las democracias de turno, hasta su colapso en el 2001.

Pero con el nuevo milenio post crisis, volvió a aparecer la industrialización y el comercio de productos manufacturados, sean algunos tecnológicos (Argentina es uno de los principales exportadores de software) o de industria pesada (autos ensamblados que se venden a Brasil). En gran parte, la llegada de insumos y, por ejemplo, autopartes, se sustenta con el comercio de la soja, que goza de buena salud en cuanto a su precio y el superávit comercial lo demuestra. Esto sumado a una política de desendeudamiento nos hace creer que solucionado el problema de la restricción externa, podremos encaminarnos a una etapa de crecimiento indefinido e ilimitado. Pero otra vez surgen complicaciones, ahora dentro de nuestro propio país.

Reproducimos, porque no es una idea nuestra, el concepto de la restricción interna. ¿Qué significa que existan aspectos que limitan el desarrollo dentro de nuestro país? Nos referimos a lo que es una consecuencia del crecimiento económico elevado, a tasas chinas dirían algunos, en los últimos años. Cuando comienza a subir la demanda de un país, en concordancia con una oferta que comienza a recibir inversiones importantes, como por ejemplo las PyMes que sostienen un nivel de empleo alto, la economía comienza a llegar a lo que se denomina “cuellos de botella”. A medida que las industrias exigen más insumos y contratan más personal, también requieren mayores gastos en costos fijos, como por ejemplo la energía o la infraestructura de transportes. En el caso de la Argentina, estos dos sectores nombrados están “estrangulados”, es decir su oferta es incapaz de suplir una demanda creciente. Como dicen las leyes de la demanda y la oferta, con el objetivo de que no se produzca escasez, cuando una oferta es menor a la demanda, los precios suben. Pero hay un problema con estos sectores y es que ambos integran la categoría de bienes “inelásticos”, es decir, bienes que presentan una demanda relativamente insensible frente a cambios en los precios; si suben sus precios, su demanda no caerá tanto. Es esta, hoy en día, la real causa de la inflación, porque cada vez los costos de sostener una industria son mayores ya que los recursos energéticos deben ser importados (que son más caros que producirlos acá) y ello se traslada a los precios de mercado de los productos ofrecidos. Es también la causa de que el gasto público en subsidios a la energía se haya incrementado para no afectar el consumo y la producción, sosteniendo el nivel de demanda y empleo. Sin embargo, no sabemos a qué se debe la carencia de oferta, si a empresarios especuladores con los precios de su industria o si a la falta de inversión, pero eso no quita que todos suframos sus consecuencias.

Hemos visto que superada la restricción externa, queda solucionar la restricción interna que hoy nos provoca niveles de inflación crecientes y que afecta directamente al poder adquisitivo de las clases bajas y medias-bajas. ¿Cómo podría solucionarse tal problema? Concretamente no podemos decir nada seguro, pero podemos esbozar algunas respuestas. En principio los esfuerzos económicos del gasto público deberán ser dirigidos a aumentar la oferta de los sectores estrangulados, pero esto nos presenta un doble problema: si el gasto público sigue en aumento la inflación nunca se reduciría y entonces ¿Cómo hacer para aumentar la oferta sin que aumente la inflación? Podríamos decir que resignando capacidad de consumo en los sectores con mayor propensión al ahorro, esto es, congelar los subsidios en familias pudientes. Otra opción es también quitarlos a empresas multinacionales. Esto no significa reducir el gasto público, sino redistribuirlo.

La estrategia empieza a dar sus primeros pasos hace pocas horas, luego de que el Gobierno Nacional haya decidido quitar en un 100% los subsidios a empresas de hidrocarburos, mineras, juegos de azar, telefonía móvil, entre otras sin que ello afecte el precio de lo ofertado. Así el ministro de Economía y reciente vicepresidente electo aseguró que “se empezará por las empresas y no por las familias”. Para aumentar la oferta del sector quitando los subsidios podrá fomentarse la llegada de inversión externa en ese sector, principalmente en energía, ya que la infraestructura de transporte es cuestión de estado. Así, por ahora el consumo se mantendría aunque quedará esperar a ver si se solucionan los problemas por estrangulamiento, según de qué manera se redistribuya el gasto público.

Hemos tratado de elaborar algunas conceptualizaciones que hoy explican las causas de la inflación y quizás también de que magantes industriales que se ven forzados a aumentar los precios de su producción, recibiendo ingresos cada vez menores, prefieran dolarizar sus proyectos de inversión y transformarlos en ahorros, lo cual contribuye a presionar el tipo de cambio y obliga al Banco Central a intervenir para no perjudicar a los productores que importan insumos en esa divisa. La redistribución comienza a verse, pero aún queda por analizar si ello motiva avances en política desinflacionaria o no.

27 de octubre de 2011

La vida de un hombre para entender un proyecto

¿Qué tuvo Néstor Kirchner, un solo hombre, para haber generado semejante admiración en gran parte de la sociedad, y respeto en otra buena porción? ¿Qué lo destacó tanto de entre sus pares políticos para encabezar un movimiento que, aún luego de su muerte, se construyó desde bases totalmente diferentes, desde las clases más altas a las más bajas y pasando por la clase media? ¿Cómo es que generó el "kirchnerismo", aquel fenómeno político que aún hoy es interpelado por los analistas? Son interrogantes que intentaremos responder en el limitado espacio que poseemos, a lo sumo de forma acotada.

Néstor Kirchner, vale recordarlo, llegó en un mometo de efusividad política muy fuerte. Veníamos de una crisis económica y política como nunca en democracia (por primera vez no hubo golpe militar de por medio), de la proliferación de los movimientos sociales, de trabajadores desocupados y de jubilados en protesta contra los ajustes; y, principalmente, del asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, que habían provocado el llamado a elecciones tras tener 5 presidentes en 10 días (el último duró 1 año).

Como si ésto no fuera suficiente, asumió con poco apoyo tras perder con Carlos Menem en la primera vuelta (el riojano se retiró de la segunda) y con poca confianza por parte de los sectores combativos de la sociedad, por venir de la mano de Eduardo Duhalde. Podría haber sido él como López Murphy, quien quedó 6 puntos por debajo, ya que ninguna propuesta superó el 25% de los votos. En este contexto, fue sorprendente su discurso de asunción, completamente desacorde a lo que presuntamente era su pasado y presente político.

Desde su asunción, Kirchner asumió una perspectiva en materia de Derechos Humanos que no existía desde el principio del gobierno de Raúl Alfonsín. El primer batacazo que dio fue la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, así como la orden de bajar el cuadro de Rafael Videla de la Escuela de Mecánica de la Armada, y así ganó el visto bueno de muchas organizaciones cada vez menos escépticas.

En materia económica, faltaba mucho por hacer. El desempleo estaba por las nubes, los salarios por el piso y la pobreza generada en el 76', contenida en el 83' y profundizada desde el 89' en adelante era atroz, llegaba al 53% en el 2002. Eran estas las mayores preocupaciones. Obra pública, fomento de inversiones a través de pagos de deuda y medidas proteccionistas para fomentar el mercado interno fueron algunas de las medidas que utilizó para reducir esta cifra. Al finalizar el gobierno de Kirchner, la pobreza llegaba al 23% de la población.

El desempleo se redujo fuertemente, aunque, todavía, no se impulsaría la fuerte campaña contra el trabajo informal. Paso de ser del 21,5% al 8,5% en el 2007. Una reducción superior al 50%. A esto se le suma la reinstitución de las paritarias (negociaciones de salarios y condiciones laborales bianuales), un derecho perdido en los 90’ e incrementó el salario mínimo en un 400% (de $ 200 a $ 900).

Asimismo, no se puede dejar de mencionar el pago de la deuda externa al Fondo Monetario Internacional. Este organismo requería, para aprobar sus cesiones monetarias, la potestad de controlar e interferir en la economía de los paises. Por primera vez en 3 décadas, la deuda dejaría de representar el 100% del PBI, y, por sobre todo, la Argentina dejaría de depender de un órgano extranjero para aprobar sus medidas económicas.

Néstor también se encargó de reformar un aparato fundamental: la Corte Suprema. En ese momento, estaba conformada por jueces menemistas acusados en múltiples casos de corrupción y con un juicio generalmente reaccionario y liberal que había perjudicado a quienes menos tenían y llegaban a la máxima instancia. Pudo haber puesto jueces adictos (como acostumbraba cada gobierno), pudo haber seleccionado a quien quisiera y decidió, en cambio, apoyar una reforma de la ONG “Por una Corte democrática” que consistía en la elección de jueces mediante el voto popular y el colegiado.

Kirchner también generó un trato único con los principales movimientos sociales surgidos en los 90' y en el 2001. Debemos alejarnos de la postura de clase media de condenar prácticas por fuera de nuestra rutina para comprender lo que les significó que un gobierno que llegue y los escuche, cuando durante 14 años habían recibido presiones y represiones. Ronda la anécdota de que, en el 2003, en una reunión entre Néstor y dirigentes del Movimiento Evita, de frentes de desocupados, de Patria Libre (hoy Libres del Sur), el Presidente les preguntó “muchachos, ¿qué quieren ustedes?”. Comenzaron entonces a enumerar: unidad latinoamericana, basta de despidos, generación de empleo, planes sociales para los carenciados, construcción de viviendas, construcción de escuelas, aumento del presupuesto educativo, independencia económica, etc.
Lo que les sorprendió es que la respuesta del mandatario no fue “bueno, muchachos, vamos de a poco”, o “bueno, vamos viendo como se dan las cosas, ahora no se puede”. La contestación fue “bueno, yo quiero saber si, después de hacer eso, ustedes van a tener los huevos para estar conmigo. Señores, a mi asunción vino Fidel (Castro), (Hugo) Chávez, Lula (Da Silva)”. Más aún, la política de no represión a la movilización social (quebrantada por algunos gobernadores kirchneristas), que era una innovación en 15 años.

De allí nació una unión importantísima. El Frente para la Victoria, una estructura con armado híbrido entre el duhaldismo y los pocos políticos que acompañaban a los Kirchner sumarían a los movimientos sociales, de forma lenta, a un entramado transversal que luego se rompería con el ingreso (por la victoria en las internas) del PJ (por la hegemonía de este último).

En los finales de su presidencia, comenzaba a producirse la ruptura de relaciones con el Grupo Clarín. Kirchner había mantenido buen trato con el grupo mediático para garantizarse cierta cobertura que lo escudara de la opinión pública (el diario y sus 300 medios alcanzaban al 60% de la población). Fue por ese entonces que se empezó a llamar al FPV “kirchnerismo”, y cuando se produjo el mayor distanciamiento de la clase media urbana.
A Néstor se le criticó su manejo institucional. A partir del 2005, el Congreso le otorgó superpoderes (potestad de emitir decretos-ley llamados de Necesidad y Urgencia) y, desde ese entonces, solo envió a las cámaras el 50% de los proyectos, a pesar de que hubieran sido aprobados por la mayoría automática.

Asimismo, se le reprocha, si bien no se asemejaban a la de principios de mileno y los 90’, tener casos de corrupción como los de su segunda ministra de Economía, Felisa Micelli (destituida tras el escándalo del dinero escondido en su baño). Kirchner, en la mayoría de los casos, removió a los acusados de su cargo inmediatamente.

El ex presidente tuvo una participación activa en lo que hoy todos conocemos como “Integración Latinoamericana”. Con el viento a favor de la asunción de gobiernos progresistas en el continente (Lula Da Silva, meses antes que él, Tabaré Vázquez en el 2005, etc.) y la presencia de otros previo al 25 de mayo, reimpulsó el comercio en el Mercosur, pulsó por la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), de la cual sería Secretario General en 2010, y previno un conflicto armado entre Colombia y Venezuela. Sin embargo, su accionar más importante fue cuando, en Mar del Plata, pronunció un discurso en frente a George Bush en el que manifestó el rechazo latinoamericano al tratado de libre comercio ALCA.

Kirchner fue un hombre con un discurso generalmente pasional, pero también racional. Impulsó sentimientos fuertes, como el orgullo nacional, la identidad latinoamericana y la independencia económica, generando cambios culturales que perduran en la Argentina. Fue un buen orador que apelaba fácilmente a una multitud.

Sabiendo esto, nos queda decir, ¿por qué, entonces, se forma esta suerte de adoración? A nuestra consideración, existe, en una gran porción de la sociedad, una admiración a un Presidente diferente a todo lo que habían visto (contando principalmente aquellos nacidos en los 70’ y 80’), “políticamente incorrecto”, lo caracterizarían. Ese sector brinda apoyo más allá de las críticas, debido a que consideran que en la balanza pesan más las medidas previamente descriptas, a pesar de no tener tan en cuenta el esfuerzo y el apoyo (o presión) popular que se necesitaron para lograrlas, precisamente el que ellos dieron. A esto, podríamos denominarlo kirchnerismo.

Aclaración: Obviamente, existe otro gran sector de la población que, por no coincidir con sus métodos y/o ideologías, o simplemente por un análisis (una balanza) distinto, simplemente respeta la trayectoria. Si bien reconocen mejoras, consideran que hay proyectos con los que hubiera habido más y mejores logros o simplemente desaprueban demasiado su trayectoria como para seguirlo. Una hipótesis, no menos válida, afirma que, debido al apoyo mediático hasta el 2007, Néstor Kirchner fue mucho mejor visto que Cristina Kirchner y que, por comparación, se lo suele resaltar al primero. También, existe una parte, menor, de la sociedad que ni lo admira ni respeta. Lo considera un presidente más, descree o desacuerda con su ideología, su modalidad y su accionar.

20 de octubre de 2011

El decadente fin de la Coalición Cívica llega un punto cúlmine

La Coalición Cívica camina una cuerda floja. Sus malos resultados electorales la han dejado al borde de la disolución y/o la división, pero, lo que es peor, su contenido político demuestra una creciente incapacidad de interpelación al votante.

El caso más prominente lo encontramos en la confección de listas. Allí, esa idea de conformar una fuerza de centroizquierda de Elisa Carrió llegó a su fin cuandodecidió aliarse al ex titular de las CRA (Confederaciones RuralesArgentinas) y sospechado colaboracionista con la última dictadura, Mario Llambías (el del sucio trapo rojo).

Si a ello le sumáramos las visiones apocalípticas de la dirigente, sus continuas faltas de respeto a dirigentes de renombre en diferentes fuerzas (la más reciente a Hermes Binner, en su delirio de la supuesta reforma para la reelección indefinida), tendríamos mezcla suficiente para condenar a la desaparición a esta fuerza, pero aparentemente continúan esmerándose en apurar el proceso.

El candidato a diputado, Fernando Iglesias, no tuvo mejor idea que crear el peor video de campaña de su partido, a fin de, quizás, quitarse votos de encima. Se llama “Los locos K”, y no consta de más que una gran y penosa chicana al kirchnerismo.

Quizás juzgo velozmente, usted dirá, pero comprendamos que al lado de este video, Ricardo Alfonsín es un prócer cuando le habla a Cristina Kirchner, Guillermo Moreno no toca a una mosca, Eduardo Duhalde es Abraham Lincoln cuando dice que gobernó con orden y Hermes Binner es un adolescente con guitarra eléctrica en sus discursos.

No es que no se puedan criticar los temas que se muestran, de hecho me parecen dignos de una discusión, pero aproximarse a ellos de esta forma es lo más bajo que una fuerza política puede hacer.

Y es así igual. La Coalición Cívica saldrá por debajo del Frente de Izquierda, Patricia Bullrich asumirá como diputada del PRO y un ruralista con pasado dudoso será nuestro representante en el Parlamento. Cosas que dejan estructuras anticuadas y (afortunadamente) abandonadas por la gente. Será cuestión de esperar a que desaparezca esta oposición en chiste.


11 de octubre de 2011

¿Qué son la izquierda y la derecha?

Tanto la izquierda como la derecha han sufrido variaciones históricas, cada época impone su propia concepción acerca de lo que cada término engloba y no son conceptos que se puedan aislar y discutir fuera un contexto económico, político, social e internacional particular. Ambos son conceptos históricamente modificables y que a su vez representan las ideologías predominantes de una época, principales disputas que se dan en el espectro político pero que también luchan por ocupar y asumir un lugar en el sentido común, buscan tener arraigo en la sociedad en su conjunto, de modo tal que esta legitime su accionar. Haremos un repaso de algunas principales luchas que se han dado y que han embebido a la historia de la derecha y la izquierda, para finalmente darnos cuenta de que no podemos hablar de ellas sin tener en cuenta el mundo real en el que vivimos.

Ambos conceptos surgen en la época de la Revolución Francesa, allá por el siglo XVIII, cuando el modelo feudal daba señales de decadencia y cuando la monarquía absoluta, que sin embargo nunca llegó a ser tal, se encontraba con problemas para financiar el creciente gasto del aparato que dominaba. La burguesía, habitante de los “burgos”, las ciudades de la Edad Media, había ya empezado a desarrollar las bases del capitalismo industrial, el mercantilismo y los negocios en ultramar, que fueron la base del desarrollo industrial ulterior. Es así, que en las reiteradas asambleas organizadas por los revolucionarios franceses, en donde se hablaba de conservadores y transformadores, aparecían por primera vez la derecha y la izquierda. Sin embargo, su nacimiento estaba tan relacionado a una forma de pensar particular como a la posición que cada grupo ocupó en las asambleas constituyentes convocadas por el propio Luis XVI. Los que pretendían abolir la monarquía, los liberales políticos clásicos, miembros de la burguesía, se sentaron a la izquierda, mientras que los que pretendían continuar con el orden vigente, el clero y los nobles, se sentaron a la derecha. La idea de la izquierda relacionada a la transformación del orden y la derecha a su conservación aún permanece en nuestros días, pese a que los representantes de cada sector ya no son los mismos.

De esta forma y a medida que se consolido el nuevo régimen industrial, la burguesía dejo de ser la izquierda y paso a ser la derecha. La influencia del marxismo le dio un nuevo significado a las luchas de clases; ahora los que trataban de conservar el orden y su jugosa plusvalía eran los burgueses dueños de los medios de producción, mientras que los que luchaban por la transformación del orden eran los trabajadores agrupados en partidos radicales.

Ya en 1917 con la Revolución Rusa, la izquierda cobró un nuevo impulso y pasó a ser una real amenaza para las potencias capitalistas como lo eran en ese momento Francia, Inglaterra y Alemania. Pero en 1929, la crisis internacional afectó a todos los países, excepto a la URSS, y las salidas fueron variadas. Llegaron desde el extremismo de derecha, con la expansión del fascismo a las soluciones conciliadoras entre estado, mercado y democracia como fue el keynesianismo. Este último es uno de los que quiero rescatar, por la significación que conlleva y que hoy encuentra relación en nuestra época. En su momento, el keynesianismo, podríamos decir, fue la “salida de derecha” a la crisis internacional, frente a grupos que cada vez se volvían más combativos y radicales en cuanto a sus ideales de transformación social y económica. Keynes había logrado proponer una solución capitalista a la crisis mediante una fuerte intervención estatal para restablecer la competencia y el mecanismo de mercado con la plena utilización de los factores productivos, esto es, la existencia del pleno empleo. Él mismo, en el último capítulo de su “Teoría General sobre la ocupación, el interés y el dinero”, afirma que “no es la propiedad de los medios de producción la que conviene al estado asumir” y agrega “por mi parte creo que hay justificación social y psicológica de grandes desigualdades en los ingresos y la riqueza, pero no para tan grandes disparidades como existen en la actualidad” haciendo alusión al nivel de desempleo existente en los años ’30. Lo que significó el nuevo orden instaurado por el keynesianismo fue la abolición, luego de superada la crisis con éxitos considerables, de todo intento de toma del poder político para transformar la estructura económica y ordenarla bajo relaciones comunistas, o por lo menos en la versión soviética del comunismo, un “socialismo de bienestar”, según Kruschov. Un trabajador con necesidades básicas satisfechas, una amplia gama de servicios sociales asegurados y la existencia de mejoras materiales en su ámbito privado resigna, a costa de sostener todo ello, la Revolución. Este fue el problema de la izquierda en los “30 gloriosos años del capitalismo” que van desde los años ’40 a los ’70, concluyendo con la crisis del petróleo.

Pero fue a partir de la decisión de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de aumentar el precio del barril de US$ 2 a US$ 10, que las ideas keynesianas entraron en decadencia, así como su sistema, dando lugar a un resurgimiento del pensamiento liberal clásico y neoclásico con algunas reformulaciones tanto en su parte económica como en sus aspectos filosóficos. La salida a tal crisis fue, nuevamente, una salida capitalista, pero no ya bajo la doctrina keynesiana, sino bajo esta nueva reformulación que es hoy conocida como Neoliberalismo, con Friedman, Hayek y los “Chicago Boys” como máximos exponentes; en Argentina estaríamos hablando de Alsogaray o Cavallo como los representantes de su escuela. De esta forma, la izquierda nuevamente reflotó sus reclamos, esta vez sí cooptando grandes masas desposeídas en contradicción con un mundo de riquezas, como dijo alguna vez Marx, pero la coerción fue el principal método utilizado para callarlas. No tiene sentido volver a describir las dictaduras en Latinoamérica, que son un buen ejemplo de ello, pero si vale la pena mencionarlas. La derecha, conservadora del orden existente, había triunfado una vez más y pasaría a ser hegemónica.

Ya a finales de la década del ’90, la URSS se desintegró y la izquierda quedo mortificada frente a la opinión pública; toda referencia a la intervención estatal en materia económica causaba estupor, por no decir odio o bronca. Pero, desde la experiencia latinoamericana, muchos países se empezaron a dar cuenta que el nuevo orden era otro proceso de acumulación parecido al proceso originario, es decir, América Latina seguía contribuyendo con su subdesarrollo al desarrollo internacional, favoreciendo y agigantando la competencia imperfecta. Y así llegamos al hoy en día, en donde estos países luchan por cerrar las páginas de un libro lleno de tragedias, pero que ha contribuido a transformar la concepción de la izquierda y la derecha una vez más.

Si antes la derecha fue Keynes, hoy en día es el neoliberalismo. Las ideas del autor inglés, que impulsan un “control político de la vida económica” a través del gasto público, las tasas de interés en su punto óptimo y la redistribución de la renta, devenida del sistema tributario, desde los sectores con mayor propensión al ahorro hacia aquellos con mayor propensión al consumo para mantener a la demanda agregada estimulada y disminuir la brecha entre los más ricos y los más pobres se han convertido en parte de las luchas de la centro-izquierda, porque la izquierda radical aún sigue existiendo pese a que no tenga arraigo en grandes sectores de la sociedad. Las luchas por el pleno empleo, a costas de sostener el mecanismo del mercado, es hoy una propuesta de los partidos de centro-izquierda, reconocidos con las socialdemocracias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, es decir, ubicadas en un reformismo que opera dentro de relaciones económicas capitalistas.

La salida que alguna vez fue de derecha, hoy se ha convertido en la centro-izquierda. Las clases altas en el día de hoy, que podrían englobarse en un sentido burlesco bajo el concepto de burguesía, que alguna vez fue de izquierda, se reconocen con la filosofía neoliberal, aunque no sepan mucho de sus implicancias económicas para nuestra región o quizás hayan olvidado la historia.

Burguesía contra monarquía, socialismo contra keynesianismo y keynesianismo contra neoliberalismo, son algunas de las comparaciones que nos permiten mostrar cómo fueron variando la izquierda y la derecha en su historia.

Ambas han luchado históricamente por instaurar su hegemonía en el “pensamiento cotidiano”, aunque cada situación particular muestra un nivel de adhesión a alguna de estas dos posturas o, muchas veces, simplemente muestra su confusión. Para entender esto último, será necesaria otra editorial. Por ahora nos conformamos con entender la volatilidad de los términos que estamos discutiendo y que no podemos desligar las concepciones que hoy brotan del tejido social con la historia de su desarrollo, porque todo pensamiento es ideología y todo ser, según Althusser, un “animal ideológico”. La disputa entre la transformación y la conservación sigue presente, con otras caras, pero con la misma fuerza.

29 de septiembre de 2011

Problemas en Democracia, soluciones en Democracia

“Si en oposición a la indiferencia cotidiana nace este proyecto, nos hacemos cargo del compromiso que conlleva” decíamos hace un par de meses, y no nos pensamos retractar en tan poco tiempo. La problemática de hoy, y quizás como algunas de los días que nos siguen, merece una importancia trascendental y un tratamiento que sea delicado, algo similar a jugar con fuego. En fin y al cabo, eso hacemos los que trabajamos con ideas, representaciones e imaginarios.

Analizaremos una cuestión esencial que surge, y más que nunca, en este último tiempo, como un factor no de desestabilización, pero sí de crítica injusta a un sistema político que constantemente nos da frutos, pese a que no los sepamos recoger. Nos gustaría para ejemplificar nuestra argumentación establecer un orden de trabajo. Definiremos lo que creemos como Libertad y Democracia, para luego establecer una analogía que a medida que sigan la lectura, irán dando cuenta hacia dónde se dirige.

“La libertad interior se traduce en falta de libertad exterior. El lugar del alma se utiliza para disculpar la miseria” decía Herbert Marcusse, en “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”, tratando de ver cómo, a través de la justificación de que todos somos libres, no nos damos cuenta que elegimos todo menos las condiciones materiales en las cuales nacemos y que condicionan nuestro desarrollo ulterior. Estas condiciones, por más que nos los quieran negar, se aparecen independientes de nuestra voluntad. Los “fundamentalistas del libre mercado”, como llama Stiglitz a los neoliberales, creen que toda intervención supraindividual en materia de decisión económica de los individuos conduce inevitablemente a la servidumbre (tesis principal de Hayek en “Camino a la servidumbre”). Sin embargo y al juicio de este escritor, la libertad significa posibilidad de elegir, que la libertad interior garantizada se traduzca también en libertad exterior”. Si es necesario que exista un intervencionismo regulador para brindar mejores condiciones al conjunto social, es decir, si se asegura a la población la posibilidad de elegir qué hacer con sus vidas, entonces la libertad estará garantizada. Si se pregonan las libertades económicas, y entonces ello no beneficia al conjunto o limita el desarrollo de una parte de él, la existencia real de las libertades será una deuda del pensamiento humano.

El segundo tópico es la Democracia, este sistema político que se pone en duda por el sentido común cuando se observa cualquier tipo de situación que involucre a la conflictividad social. Con esto me refiero al pedido constante por derechos humanos únicamente para los “buenos” y la demencia de decir “desaparecidos en democracia” para referirse a las víctimas de trata o secuestros. Para nosotros, la democracia, entendida más allá de su concepción iniciada por el liberalismo político, implica la extensión de derechos tanto individuales como sociales al grueso social. Entre estos derechos se encuentran los de pugnar por una vida más digna e influir en las decisiones del poder, que muchas veces se desentiende de sus reclamos. Pero argumentar que los problemas de la democracia no existirían con otro sistema es una ridiculez; lo único que sucedería es que no los veríamos o quizás algo peor, creeríamos que nos podemos salvar solos siendo los sujetos que Sábato llamo “átomo-capsula” aquellos que como átomos se refugian en la capsula de su vida privada, y la vida privada de otras personas, restándole importancia a su vida pública, esencial para lo que Gandhi llamó la “educación del corazón”, relacionada a profundos valores de paz y solidaridad con el otro.

De esta forma llegamos a lo central en nuestra argumentación y para eso partiremos de una metáfora que nos permita ejemplificarla. La democracia y su relación con la sociedad se asemeja a la relación que una madre tiene con su hijo adolescente, mientras que la relación entre una dictadura y la sociedad representa la etapa en la cual el hijo es todavía un joven que da sus primeros pasos en este mundo y la madre es su tutora.

No es algo casual que suceda de esta forma. Un niño de seis años es guiado y tutorado por su madre. Su libertad es nula; todas sus decisiones dependen de un poder que lo excede y bajo el cual se encuentra sometido. No es solo un poder coercitivo, como lo puede ser un castigo físico, sino que es un poder que ya Gramsci, en sus “Cuadernos de la cárcel”, había definido y que refiere a un consentimiento frente al sometimiento, a una auto-identificación de la persona con ese poder, lugar del cual deviene su legitimación y que recibe el nombre de hegemonía. El niño no discute, acata. Tampoco participa de las decisiones parentales; ni siquiera es un órgano consultivo. Y la rebeldía se paga con la disciplina, el adoctrinamiento, frente a lo cual sus defensas son escasas, contribuyendo a la larga al acostumbramiento, a la aceptación de esa dominación bajo la cual vive. Podemos dar por sentado de esta cadena lógica, que la conflictividad entre la Madre y su Hijo es poca, y aquella que surge es rápidamente opacada por las fuerzas que modelan al niño y que se idealizan en el pensamiento predominante y dominante; los límites son el aniquilamiento de cualquier tipo de desviación que amenace la hegemonía.

Podemos ver reflejado, como el rol de la Dictadura ha contribuido a moderar y opacar la conflictividad social. No es que no existiera, es que los disidentes eran castigados con algo peor que ir al rincón; sufrían la destrucción material de su cuerpo, portador de sus ideales. Los que aún tenían el coraje de tener libros en sus casas y pensar diferente a lo hegemónico, sentían una presión ya descripta por Weber en “La política como vocación”, la presión de la responsabilidad frente a la ética. Si era necesario quemar mis ideales, materializados en mis libros o agendas, para salvar a mi familia, entonces estaba haciendo lo correcto. Bajo esas circunstancias no se vive, se sobrevive. A la larga, la parsimonia predominó y reprodujimos un orden impuesto, con el que inclusive, muchos estuvieron de acuerdo y aún lo siguen estando. Quizás porque nunca dejaron de ser niños de seis años.

Pero el niño creció, salió de la pasividad en la cual se había sumido y decidió enfrentar a su Madre. Llegó la adolescencia y crecieron los problemas entre ellos, porque la libertad le permitió tomar decisiones sobre su vida, sobre sus estudios, sobre las problemáticas familiares y en tantos otros aspectos que se puedan imaginar. Muchas de esas decisiones desafiaban la hegemonía de la Madre, que aún con sus costumbres restrictivas, pretendía poner bajo su manto al hijo ya crecido. Sin embargo, este comprendió que la legitimidad de su dominación devenía de su identificación con el pensamiento materno; cuando esto se rompió, entonces también se rompieron las cadenas que lo esclavizaban a una vida de dependencia y el bozal que le impedía hablar por sí mismo. Las luchas diarias se vuelven constantes y las discusiones en las cenas eternas e irresolubles. La rebeldía es una característica del pedido constante por mayor libertad y una consecuencia de la amplitud y la extensión de los derechos adquiridos a través de ella. La influencia materna deja de ser tan determinante; en este sentido, pasa a un segundo plano y el pensamiento propio surge como la respuesta a la sumisión. El castigo físico no es ya una vía posible, porque como bien diría algún que otro teórico que ya nombramos “la violencia no es una demostración de fuerza, sino de debilidad”. Cuánto más se castigue, menor será la legitimidad que el poder obtenga de quién desea que sea su sometido y mayor resistencia encontrará para lograr su sometimiento, radicalizando la diferencia y rompiendo definitivamente la auto-identificación con el pensamiento dominante.

De esta forma concluimos que es por esta razón que la Democracia suscita nuevas problemáticas y discusiones que deben ser otorgadas y garantizadas. La Democracia permite no solo la extensión de los derechos, suprimidos durante la Dictadura (infancia), sino también un ámbito de Libertad bajo el cual exigir modificaciones en las condiciones materiales en la cual se desenvuelve la vida de los hombres, para que tal libertad de exigir se transforme también en libertad de elegir, para la persona, sus hijos, sus nietos y todos sus descendientes.

Es cierto que desde que retornamos a la democracia los problemas son mayores en cuanto a conflictividad social (representada por la rebeldía adolescente frente a la Madre) pero es la consecuencia de gozar de mayor libertad para reclamar derechos postergados y suprimidos durante la Dictadura (representada por la sumisión al pensamiento materno y el castigo frente a su cuestionamiento); aquellos silenciados con el sonido de las picanas eléctricas y los motores de los Falcon verdes que recorrían las calles, que cumpliendo con las órdenes dictadas por sus superiores, lograron hacerle honor a la frase que reconoce la “obediencia antes que la conciencia”, que se hizo famosa en los Juicios de Nurenberg, cuando Eichmann declaró "no perseguí a los judíos con avidez ni con placer. Fue el gobierno quien lo hizo. La persecución, por otra parte, sólo podía decidirla un gobierno, pero en ningún caso yo. Acuso a los gobernantes de haber abusado de mi obediencia. En aquella época era exigida la obediencia, tal como lo fue más tarde de los subalternos".

Solo queda una última reflexión. No podemos delegar la culpabilidad de haber causado la conflictividad a la democracia, esto sería poco justo y además trataría de socavar las bases y destruir las firmes columnas que la sustentan y que deberíamos tratar de afirmar cada día aún más. Es por esto que necesitamos que las libertades individuales como sociales se hagan presentes para construir un lugar en donde la conflictividad tenga respuestas de carácter integro y en donde, luego de un tiempo, podamos disfrutar los beneficios de su ejercicio. De nada sirve encolumnarse detrás del castigo y el adoctrinamiento ideológico porque eso sería esconder los problemas, los cuales tarde o temprano, se darán a conocer, con mucha más fuerza que antes. Así como la Madre otorga progresivamente más libertad y posibilidad de elegir a su hijo, la democracia deberá hacer lo mismo con la sociedad que la ejerce, porque los problemas de la democracia se resuelven en democracia. Es la única forma real de avanzar humanamente.