La palabra tabú designa a una conducta, actividad o costumbre prohibida por una sociedad, grupo humano o religión, es decir, es la prohibición de algo naturalizado, de contenido religioso, económico, político, social o cultural por una razón no justificada o injustificable. Romper un tabú es considerado como una falta imperdonable por la sociedad que lo impone. Hay tabúes fuertemente incorporados a las tradiciones de ciertas culturas, mientras otros responden a intereses políticos...¿O no?
27 de octubre de 2011
La vida de un hombre para entender un proyecto
20 de octubre de 2011
El decadente fin de la Coalición Cívica llega un punto cúlmine
11 de octubre de 2011
¿Qué son la izquierda y la derecha?
Tanto la izquierda como la derecha han sufrido variaciones históricas, cada época impone su propia concepción acerca de lo que cada término engloba y no son conceptos que se puedan aislar y discutir fuera un contexto económico, político, social e internacional particular. Ambos son conceptos históricamente modificables y que a su vez representan las ideologías predominantes de una época, principales disputas que se dan en el espectro político pero que también luchan por ocupar y asumir un lugar en el sentido común, buscan tener arraigo en la sociedad en su conjunto, de modo tal que esta legitime su accionar. Haremos un repaso de algunas principales luchas que se han dado y que han embebido a la historia de la derecha y la izquierda, para finalmente darnos cuenta de que no podemos hablar de ellas sin tener en cuenta el mundo real en el que vivimos.
Ambos conceptos surgen en la época de la Revolución Francesa, allá por el siglo XVIII, cuando el modelo feudal daba señales de decadencia y cuando la monarquía absoluta, que sin embargo nunca llegó a ser tal, se encontraba con problemas para financiar el creciente gasto del aparato que dominaba. La burguesía, habitante de los “burgos”, las ciudades de la Edad Media, había ya empezado a desarrollar las bases del capitalismo industrial, el mercantilismo y los negocios en ultramar, que fueron la base del desarrollo industrial ulterior. Es así, que en las reiteradas asambleas organizadas por los revolucionarios franceses, en donde se hablaba de conservadores y transformadores, aparecían por primera vez la derecha y la izquierda. Sin embargo, su nacimiento estaba tan relacionado a una forma de pensar particular como a la posición que cada grupo ocupó en las asambleas constituyentes convocadas por el propio Luis XVI. Los que pretendían abolir la monarquía, los liberales políticos clásicos, miembros de la burguesía, se sentaron a la izquierda, mientras que los que pretendían continuar con el orden vigente, el clero y los nobles, se sentaron a la derecha. La idea de la izquierda relacionada a la transformación del orden y la derecha a su conservación aún permanece en nuestros días, pese a que los representantes de cada sector ya no son los mismos.
De esta forma y a medida que se consolido el nuevo régimen industrial, la burguesía dejo de ser la izquierda y paso a ser la derecha. La influencia del marxismo le dio un nuevo significado a las luchas de clases; ahora los que trataban de conservar el orden y su jugosa plusvalía eran los burgueses dueños de los medios de producción, mientras que los que luchaban por la transformación del orden eran los trabajadores agrupados en partidos radicales.
Ya en 1917 con la Revolución Rusa, la izquierda cobró un nuevo impulso y pasó a ser una real amenaza para las potencias capitalistas como lo eran en ese momento Francia, Inglaterra y Alemania. Pero en 1929, la crisis internacional afectó a todos los países, excepto a la URSS, y las salidas fueron variadas. Llegaron desde el extremismo de derecha, con la expansión del fascismo a las soluciones conciliadoras entre estado, mercado y democracia como fue el keynesianismo. Este último es uno de los que quiero rescatar, por la significación que conlleva y que hoy encuentra relación en nuestra época. En su momento, el keynesianismo, podríamos decir, fue la “salida de derecha” a la crisis internacional, frente a grupos que cada vez se volvían más combativos y radicales en cuanto a sus ideales de transformación social y económica. Keynes había logrado proponer una solución capitalista a la crisis mediante una fuerte intervención estatal para restablecer la competencia y el mecanismo de mercado con la plena utilización de los factores productivos, esto es, la existencia del pleno empleo. Él mismo, en el último capítulo de su “Teoría General sobre la ocupación, el interés y el dinero”, afirma que “no es la propiedad de los medios de producción la que conviene al estado asumir” y agrega “por mi parte creo que hay justificación social y psicológica de grandes desigualdades en los ingresos y la riqueza, pero no para tan grandes disparidades como existen en la actualidad” haciendo alusión al nivel de desempleo existente en los años ’30. Lo que significó el nuevo orden instaurado por el keynesianismo fue la abolición, luego de superada la crisis con éxitos considerables, de todo intento de toma del poder político para transformar la estructura económica y ordenarla bajo relaciones comunistas, o por lo menos en la versión soviética del comunismo, un “socialismo de bienestar”, según Kruschov. Un trabajador con necesidades básicas satisfechas, una amplia gama de servicios sociales asegurados y la existencia de mejoras materiales en su ámbito privado resigna, a costa de sostener todo ello, la Revolución. Este fue el problema de la izquierda en los “30 gloriosos años del capitalismo” que van desde los años ’40 a los ’70, concluyendo con la crisis del petróleo.
Pero fue a partir de la decisión de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de aumentar el precio del barril de US$ 2 a US$ 10, que las ideas keynesianas entraron en decadencia, así como su sistema, dando lugar a un resurgimiento del pensamiento liberal clásico y neoclásico con algunas reformulaciones tanto en su parte económica como en sus aspectos filosóficos. La salida a tal crisis fue, nuevamente, una salida capitalista, pero no ya bajo la doctrina keynesiana, sino bajo esta nueva reformulación que es hoy conocida como Neoliberalismo, con Friedman, Hayek y los “Chicago Boys” como máximos exponentes; en Argentina estaríamos hablando de Alsogaray o Cavallo como los representantes de su escuela. De esta forma, la izquierda nuevamente reflotó sus reclamos, esta vez sí cooptando grandes masas desposeídas en contradicción con un mundo de riquezas, como dijo alguna vez Marx, pero la coerción fue el principal método utilizado para callarlas. No tiene sentido volver a describir las dictaduras en Latinoamérica, que son un buen ejemplo de ello, pero si vale la pena mencionarlas. La derecha, conservadora del orden existente, había triunfado una vez más y pasaría a ser hegemónica.
Ya a finales de la década del ’90, la URSS se desintegró y la izquierda quedo mortificada frente a la opinión pública; toda referencia a la intervención estatal en materia económica causaba estupor, por no decir odio o bronca. Pero, desde la experiencia latinoamericana, muchos países se empezaron a dar cuenta que el nuevo orden era otro proceso de acumulación parecido al proceso originario, es decir, América Latina seguía contribuyendo con su subdesarrollo al desarrollo internacional, favoreciendo y agigantando la competencia imperfecta. Y así llegamos al hoy en día, en donde estos países luchan por cerrar las páginas de un libro lleno de tragedias, pero que ha contribuido a transformar la concepción de la izquierda y la derecha una vez más.
Si antes la derecha fue Keynes, hoy en día es el neoliberalismo. Las ideas del autor inglés, que impulsan un “control político de la vida económica” a través del gasto público, las tasas de interés en su punto óptimo y la redistribución de la renta, devenida del sistema tributario, desde los sectores con mayor propensión al ahorro hacia aquellos con mayor propensión al consumo para mantener a la demanda agregada estimulada y disminuir la brecha entre los más ricos y los más pobres se han convertido en parte de las luchas de la centro-izquierda, porque la izquierda radical aún sigue existiendo pese a que no tenga arraigo en grandes sectores de la sociedad. Las luchas por el pleno empleo, a costas de sostener el mecanismo del mercado, es hoy una propuesta de los partidos de centro-izquierda, reconocidos con las socialdemocracias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, es decir, ubicadas en un reformismo que opera dentro de relaciones económicas capitalistas.
La salida que alguna vez fue de derecha, hoy se ha convertido en la centro-izquierda. Las clases altas en el día de hoy, que podrían englobarse en un sentido burlesco bajo el concepto de burguesía, que alguna vez fue de izquierda, se reconocen con la filosofía neoliberal, aunque no sepan mucho de sus implicancias económicas para nuestra región o quizás hayan olvidado la historia.
Burguesía contra monarquía, socialismo contra keynesianismo y keynesianismo contra neoliberalismo, son algunas de las comparaciones que nos permiten mostrar cómo fueron variando la izquierda y la derecha en su historia.
Ambas han luchado históricamente por instaurar su hegemonía en el “pensamiento cotidiano”, aunque cada situación particular muestra un nivel de adhesión a alguna de estas dos posturas o, muchas veces, simplemente muestra su confusión. Para entender esto último, será necesaria otra editorial. Por ahora nos conformamos con entender la volatilidad de los términos que estamos discutiendo y que no podemos desligar las concepciones que hoy brotan del tejido social con la historia de su desarrollo, porque todo pensamiento es ideología y todo ser, según Althusser, un “animal ideológico”. La disputa entre la transformación y la conservación sigue presente, con otras caras, pero con la misma fuerza.
29 de septiembre de 2011
Problemas en Democracia, soluciones en Democracia
“Si en oposición a la indiferencia cotidiana nace este proyecto, nos hacemos cargo del compromiso que conlleva” decíamos hace un par de meses, y no nos pensamos retractar en tan poco tiempo. La problemática de hoy, y quizás como algunas de los días que nos siguen, merece una importancia trascendental y un tratamiento que sea delicado, algo similar a jugar con fuego. En fin y al cabo, eso hacemos los que trabajamos con ideas, representaciones e imaginarios.
Analizaremos una cuestión esencial que surge, y más que nunca, en este último tiempo, como un factor no de desestabilización, pero sí de crítica injusta a un sistema político que constantemente nos da frutos, pese a que no los sepamos recoger. Nos gustaría para ejemplificar nuestra argumentación establecer un orden de trabajo. Definiremos lo que creemos como Libertad y Democracia, para luego establecer una analogía que a medida que sigan la lectura, irán dando cuenta hacia dónde se dirige.
“La libertad interior se traduce en falta de libertad exterior. El lugar del alma se utiliza para disculpar la miseria” decía Herbert Marcusse, en “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”, tratando de ver cómo, a través de la justificación de que todos somos libres, no nos damos cuenta que elegimos todo menos las condiciones materiales en las cuales nacemos y que condicionan nuestro desarrollo ulterior. Estas condiciones, por más que nos los quieran negar, se aparecen independientes de nuestra voluntad. Los “fundamentalistas del libre mercado”, como llama Stiglitz a los neoliberales, creen que toda intervención supraindividual en materia de decisión económica de los individuos conduce inevitablemente a la servidumbre (tesis principal de Hayek en “Camino a la servidumbre”). Sin embargo y al juicio de este escritor, la libertad significa posibilidad de elegir, que la libertad interior garantizada se traduzca también en libertad exterior”. Si es necesario que exista un intervencionismo regulador para brindar mejores condiciones al conjunto social, es decir, si se asegura a la población la posibilidad de elegir qué hacer con sus vidas, entonces la libertad estará garantizada. Si se pregonan las libertades económicas, y entonces ello no beneficia al conjunto o limita el desarrollo de una parte de él, la existencia real de las libertades será una deuda del pensamiento humano.
El segundo tópico es la Democracia, este sistema político que se pone en duda por el sentido común cuando se observa cualquier tipo de situación que involucre a la conflictividad social. Con esto me refiero al pedido constante por derechos humanos únicamente para los “buenos” y la demencia de decir “desaparecidos en democracia” para referirse a las víctimas de trata o secuestros. Para nosotros, la democracia, entendida más allá de su concepción iniciada por el liberalismo político, implica la extensión de derechos tanto individuales como sociales al grueso social. Entre estos derechos se encuentran los de pugnar por una vida más digna e influir en las decisiones del poder, que muchas veces se desentiende de sus reclamos. Pero argumentar que los problemas de la democracia no existirían con otro sistema es una ridiculez; lo único que sucedería es que no los veríamos o quizás algo peor, creeríamos que nos podemos salvar solos siendo los sujetos que Sábato llamo “átomo-capsula” aquellos que como átomos se refugian en la capsula de su vida privada, y la vida privada de otras personas, restándole importancia a su vida pública, esencial para lo que Gandhi llamó la “educación del corazón”, relacionada a profundos valores de paz y solidaridad con el otro.
De esta forma llegamos a lo central en nuestra argumentación y para eso partiremos de una metáfora que nos permita ejemplificarla. La democracia y su relación con la sociedad se asemeja a la relación que una madre tiene con su hijo adolescente, mientras que la relación entre una dictadura y la sociedad representa la etapa en la cual el hijo es todavía un joven que da sus primeros pasos en este mundo y la madre es su tutora.
No es algo casual que suceda de esta forma. Un niño de seis años es guiado y tutorado por su madre. Su libertad es nula; todas sus decisiones dependen de un poder que lo excede y bajo el cual se encuentra sometido. No es solo un poder coercitivo, como lo puede ser un castigo físico, sino que es un poder que ya Gramsci, en sus “Cuadernos de la cárcel”, había definido y que refiere a un consentimiento frente al sometimiento, a una auto-identificación de la persona con ese poder, lugar del cual deviene su legitimación y que recibe el nombre de hegemonía. El niño no discute, acata. Tampoco participa de las decisiones parentales; ni siquiera es un órgano consultivo. Y la rebeldía se paga con la disciplina, el adoctrinamiento, frente a lo cual sus defensas son escasas, contribuyendo a la larga al acostumbramiento, a la aceptación de esa dominación bajo la cual vive. Podemos dar por sentado de esta cadena lógica, que la conflictividad entre la Madre y su Hijo es poca, y aquella que surge es rápidamente opacada por las fuerzas que modelan al niño y que se idealizan en el pensamiento predominante y dominante; los límites son el aniquilamiento de cualquier tipo de desviación que amenace la hegemonía.
Podemos ver reflejado, como el rol de la Dictadura ha contribuido a moderar y opacar la conflictividad social. No es que no existiera, es que los disidentes eran castigados con algo peor que ir al rincón; sufrían la destrucción material de su cuerpo, portador de sus ideales. Los que aún tenían el coraje de tener libros en sus casas y pensar diferente a lo hegemónico, sentían una presión ya descripta por Weber en “La política como vocación”, la presión de la responsabilidad frente a la ética. Si era necesario quemar mis ideales, materializados en mis libros o agendas, para salvar a mi familia, entonces estaba haciendo lo correcto. Bajo esas circunstancias no se vive, se sobrevive. A la larga, la parsimonia predominó y reprodujimos un orden impuesto, con el que inclusive, muchos estuvieron de acuerdo y aún lo siguen estando. Quizás porque nunca dejaron de ser niños de seis años.
Pero el niño creció, salió de la pasividad en la cual se había sumido y decidió enfrentar a su Madre. Llegó la adolescencia y crecieron los problemas entre ellos, porque la libertad le permitió tomar decisiones sobre su vida, sobre sus estudios, sobre las problemáticas familiares y en tantos otros aspectos que se puedan imaginar. Muchas de esas decisiones desafiaban la hegemonía de la Madre, que aún con sus costumbres restrictivas, pretendía poner bajo su manto al hijo ya crecido. Sin embargo, este comprendió que la legitimidad de su dominación devenía de su identificación con el pensamiento materno; cuando esto se rompió, entonces también se rompieron las cadenas que lo esclavizaban a una vida de dependencia y el bozal que le impedía hablar por sí mismo. Las luchas diarias se vuelven constantes y las discusiones en las cenas eternas e irresolubles. La rebeldía es una característica del pedido constante por mayor libertad y una consecuencia de la amplitud y la extensión de los derechos adquiridos a través de ella. La influencia materna deja de ser tan determinante; en este sentido, pasa a un segundo plano y el pensamiento propio surge como la respuesta a la sumisión. El castigo físico no es ya una vía posible, porque como bien diría algún que otro teórico que ya nombramos “la violencia no es una demostración de fuerza, sino de debilidad”. Cuánto más se castigue, menor será la legitimidad que el poder obtenga de quién desea que sea su sometido y mayor resistencia encontrará para lograr su sometimiento, radicalizando la diferencia y rompiendo definitivamente la auto-identificación con el pensamiento dominante.
De esta forma concluimos que es por esta razón que la Democracia suscita nuevas problemáticas y discusiones que deben ser otorgadas y garantizadas. La Democracia permite no solo la extensión de los derechos, suprimidos durante la Dictadura (infancia), sino también un ámbito de Libertad bajo el cual exigir modificaciones en las condiciones materiales en la cual se desenvuelve la vida de los hombres, para que tal libertad de exigir se transforme también en libertad de elegir, para la persona, sus hijos, sus nietos y todos sus descendientes.
Es cierto que desde que retornamos a la democracia los problemas son mayores en cuanto a conflictividad social (representada por la rebeldía adolescente frente a la Madre) pero es la consecuencia de gozar de mayor libertad para reclamar derechos postergados y suprimidos durante la Dictadura (representada por la sumisión al pensamiento materno y el castigo frente a su cuestionamiento); aquellos silenciados con el sonido de las picanas eléctricas y los motores de los Falcon verdes que recorrían las calles, que cumpliendo con las órdenes dictadas por sus superiores, lograron hacerle honor a la frase que reconoce la “obediencia antes que la conciencia”, que se hizo famosa en los Juicios de Nurenberg, cuando Eichmann declaró "no perseguí a los judíos con avidez ni con placer. Fue el gobierno quien lo hizo. La persecución, por otra parte, sólo podía decidirla un gobierno, pero en ningún caso yo. Acuso a los gobernantes de haber abusado de mi obediencia. En aquella época era exigida la obediencia, tal como lo fue más tarde de los subalternos".
Solo queda una última reflexión. No podemos delegar la culpabilidad de haber causado la conflictividad a la democracia, esto sería poco justo y además trataría de socavar las bases y destruir las firmes columnas que la sustentan y que deberíamos tratar de afirmar cada día aún más. Es por esto que necesitamos que las libertades individuales como sociales se hagan presentes para construir un lugar en donde la conflictividad tenga respuestas de carácter integro y en donde, luego de un tiempo, podamos disfrutar los beneficios de su ejercicio. De nada sirve encolumnarse detrás del castigo y el adoctrinamiento ideológico porque eso sería esconder los problemas, los cuales tarde o temprano, se darán a conocer, con mucha más fuerza que antes. Así como la Madre otorga progresivamente más libertad y posibilidad de elegir a su hijo, la democracia deberá hacer lo mismo con la sociedad que la ejerce, porque los problemas de la democracia se resuelven en democracia. Es la única forma real de avanzar humanamente.
22 de septiembre de 2011
La era de las Alianzas y las Regiones: Hacia un mundo multipolar
En 1989, el Muro de Berlín se derrumbaba. Dos años más tarde,
Claro está, que en América Latina, tal proceso empezó mucho antes, allá por los años ‘70, como un intento de contener la “subversión”, la cual pondría en peligro la dominación e influencia del capitalismo en Occidente. En defensa de sus intereses, se cometieron los actos atroces y horrendos que todos conocemos. Y así llegamos al Siglo XXI, con una concentración de la riqueza en manos de unos pocos que se vuelven menos cuando se los compara contra el grueso de la población mundial.
Pero de a poco se va abriendo el espacio para una nueva era, a los ojos de estos redactores. Conviene antes, repasar la historia. El Mundo conoció, desde el inicio del capitalismo, allá por fines del Siglo XVIII y el Siglo XIX, la consolidación del capitalismo industrial, con un poderío ejercido desde tierras anglosajonas. Sin embargo, en octubre de 1917, Lenin, con su llegada al poder en Rusia, decidió instalar la “dictadura del proletariado” y ya en 1931, Stalin decía “si
En 1945, Las fuerzas nazis, ya derrotadas, dejaron a una Europa devastada; un escenario extremadamente benéfico tanto para
Por razones que exceden nuestra argumentación y que guardan una relación indirecta con ella,
Esto desencadeno en una fuerte profundización de lo que ya se conocía como neoliberalismo. Utilizando métodos de coerción y cooptación, los grandes sectores económicos aceptaron (por conveniencia) estas doctrinas y aplacaron a los pueblos latinoamericanos para sumergirlos en la peor explotación conocida en democracia.
Los efectos no tardaron en verse. Primero, el crecimiento de la deuda soberana, la pérdida de las identidades nacionales y regionales, el desempleo y la indigencia. Todo un coctel de desgracias que los latinoamericanos, en diferentes épocas, terminaron por rechazar. Las revoluciones bolivarianas en Venezuela, el levantamiento indígena en Bolivia, el Movimiento Sin Tierra en Brasil, el Cacerolazo y la rebelión popular del 2001 en Argentina son algunos de los ejemplos del vomito de ira que los pueblos tuvieron hacia sus dirigentes. Los habían vendido y traicionado y dijeron basta.
El problema que tenían estas naciones que (en la mayoría de los casos) por primera vez cambiaban de gobierno a uno que no respondía a intereses foráneos o a potencias económicas era el agobio constante de estos últimos. Se intentaron golpes de Estado, se fomentaron ataques desde sociedades internacionales (fundamentalmente el rol de la prensa), y todo esto fue visto, comprobado y rechazado por los pueblos.
A medida que se establecían más y con más fuerza este tipo de gobiernos, se comienza a gestar la idea de que solo unidos podrían no ser vulnerables a los ataques de todos estos sectores. De allí que nacerán, políticamente,
En términos económicos, la resistencia comienza desde el Mercosur (paralizado durante muchos años) y la cooperación sin mezquindad. Todo argumentando lo que vemos hoy: los que dominaron por más de 18 años el mundo, se vieron envueltos en una recesión que luego se transformó en una depresión de la cual aún están tratando de salir (Crisis del 2008) y que ha dado paso al surgimiento de economías con un futuro muy provechoso. En este contexto, han ido surgiendo nuevas potencias y regiones con propósitos en común, generalmente agrupadas en relaciones internacionales de comercio, como lo son, entre otras, el BRIC (Brasil, Rusia, India y China),
Esta visión deviene de la creciente relación entre países que comparten objetivos de industrialización e implementación de tecnologías, aumento de la calidad de vida de su población (salvando algunas diferencias, como más adelante explayaremos), disminución de la brecha entre los que más y menos tienen y reducción de los índices de pobreza y marginalidad. En este sentido, y vuelvo a repetir que no se da en todos los casos pero si en su mayoría, lo que proponen es brindar soluciones de carácter social a problemáticas arrastradas históricamente que han sido consecuencia de una intersección de factores innumerables, pero que quizás en otra editorial podamos explicar mejor.
Es así que pasamos a mostrar y describir algunos procesos iniciados por países emergentes que ya no solo están progresando y sembrando el camino hacia nuevas formas de concebir la relación entre capitalismo y justicia social, sino que están pujando por tener un lugar de importancia en las relaciones internacionales y en el futuro del desarrollo económico mundial. El camino será entonces, hacia un mundo multilateral o multipolar.